¿Y si los políticos, en vez de hacer guerras, hicieran el amor?
- Santiago Toledo Ordoñez

- 23 ene
- 2 Min. de lectura
La historia del mundo podría leerse como una larga sucesión de decisiones tomadas desde el miedo, la amenaza y la necesidad de dominar, donde la fuerza reemplazó al diálogo y la victoria se confundió con la destrucción del otro.Pero cabe una pregunta incómoda y profundamente transformadora:¿qué pasaría si quienes gobiernan eligieran crear en vez de destruir, unir en vez de dividir, amar en vez de combatir?
Aquí, hacer el amor no es un acto privado ni romántico, sino un símbolo radical de encuentro, de reconocimiento del otro como humano, de capacidad de cooperar sin anular, de decidir sin humillar.
El poder que nace del miedo versus el poder que nace del amor
Gran parte de la política actual se mueve desde una lógica básica:controlar para no perder, atacar para no ser atacado, imponerse para no desaparecer.
El amor —entendido como respeto profundo por la vida, por el límite del otro y por el futuro común— exige algo que el miedo no tolera:escuchar, ceder, responsabilizarse y cuidar lo que no nos pertenece del todo.
Un liderazgo basado en el amor no busca enemigos permanentes, porque entiende que ningún conflicto se resuelve eliminando al otro, solo postergándolo.
Si las personas pudieran ver otra forma de poder
Imagina por un momento que las personas pudieran ver a sus líderes resolviendo conflictos desde la cooperación real, mostrando gestos de humanidad, reconociendo errores, protegiendo la vida incluso cuando no conviene políticamente.
Eso cambiaría algo profundo en la conciencia colectiva.
Porque los políticos no solo administran recursos o territorios:modelan estados de conciencia.
Cuando la violencia se normaliza en el poder, la violencia se replica en la sociedad.Cuando el desprecio se legitima desde arriba, el desprecio se filtra hacia abajo.
El amor como acto político
Amar, en este contexto, no es ingenuidad. Es un acto político profundamente disruptivo.
Es decidir que la vida vale más que la ideología.Que el futuro importa más que la victoria inmediata.Que el otro no es un objeto a vencer, sino un sujeto con dignidad.
Un político que ama no necesita mentir para sostenerse. No necesita enemigos constantes para justificar su poder. No necesita guerras para sentirse relevante.
Lo que cambiaría en las personas
Si las personas vieran líderes que crean en vez de destruir, que cuidan en vez de usar, que dialogan en vez de humillar, algo se ordenaría internamente.
Tal vez bajaríamos la intensidad del odio cotidiano.Tal vez dejaríamos de normalizar la agresión como forma de identidad.Tal vez recordaríamos que la política no debería ser un campo de batalla, sino un espacio de cuidado colectivo.
Una utopía necesaria
Algunos dirán que esto es utópico.Pero todas las grandes transformaciones humanas comenzaron siendo ideas imposibles para la mentalidad dominante de su época.
La pregunta no es si el mundo cambiará mañana. La pregunta es qué estamos validando hoy con lo que aceptamos como normal.
Porque mientras sigamos premiando la violencia simbólica, la humillación y la guerra, seguiremos formando líderes que gobiernan desde la herida.
Y tal vez el verdadero acto revolucionario no sea tomar el poder, sino aprender a ejercerlo sin destruir la vida en el intento.
por cada pelea, una vez eligen el amor, asi se mantiene el equilibrio
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