Ni Mitad Ni Frontera
- Santiago Toledo Ordoñez

- 14 feb
- 2 Min. de lectura
Ella tampoco supo explicarlo enseguida.
Se quedó mirando el techo, jugando con sus dedos sobre el pecho de él, como si las palabras estuvieran escondidas en algún lugar entre la clavícula y el silencio.
No hablaba de su cabello claro.Ni de la forma de sus ojos.
Eso era lo que cualquiera podía ver. Lo superficial. Lo que se comenta en una foto.
Hablaba de otra cosa.
De cómo él podía escucharla cuando ella hablaba enredada, sin orden, y no la apuraba.De cómo discutía sin aplastarla, de cómo la abrazaba fuerte, pero no la retenía.
Él era mezcla, sí.Pero no solo de culturas.
Era mezcla de suavidad y carácter.De calma y determinación.De orgullo y ternura.
Nunca necesitaba imponerse para estar presente.Nunca necesitaba desaparecer para dejar espacio.
En él convivían cosas que en otros parecían pelearse.
—Es que… —dijo ella al fin, respirando hondo— contigo no siento que tenga que ser solo una versión de mí.
Él la miró en serio ahora.
—¿Cómo?
—No tengo que elegir entre ser fuerte o sensible. No tengo que bajar la voz para que me quieras ni levantarla para que me respetes. Contigo… puedo ser todo.
Ahí estaba.
Porque refiere al mundo rubio y con ojos asiáticos no como una descripción física, sino como esa sensación rara y preciosa de no tener que partirse en dos para encajar.
No es una cosa o la otra.Es poder ser ambas.
Y que eso esté bien.
Años después, cuando discutieron de verdad —de esas discusiones que dejan la habitación fría— ella se sentó en el borde de la cama recordando esa noche.
No era una frase bonita.No era poesía.
Era una decisión.
Amar no era idealizarlo, era elegir quedarse cuando las diferencias aparecían y era entender que dos mundos distintos no tienen que borrarse para convivir.
Esa noche, cuando él dudó de sí mismo, cuando dijo “tal vez soy demasiado”, ella se acercó, apoyó la frente en la suya y susurró:
Porque refiere al mundo rubio y con ojos asiáticos.
Él cerró los ojos.
Y entendió.
No era sobre rasgos, era sobre cómo lo hacía sentir completo sin exigirle que se partiera.
Era sobre equilibrio.
Sobre ternura que no le quitaba fuerza.
Sobre identidad que no necesitaba reducirse para ser amada.
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