La autodeterminación de los dictadores no es lo mismo que la autodeterminación de los pueblos de la ONU
- Santiago Toledo Ordoñez

- 4 ene
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La autodeterminación es uno de los principios más citados en el discurso político contemporáneo. Se invoca para justificar soberanías, resistencias y proyectos nacionales. Sin embargo, no todas las apelaciones a la autodeterminación significan lo mismo. Existe una diferencia profunda —y muchas veces ignorada— entre la autodeterminación ejercida por los pueblos y aquella proclamada por regímenes autoritarios.
La autodeterminación de los pueblos nace desde abajo. Surge cuando una comunidad comparte historia, identidad, cultura y la voluntad colectiva de decidir su propio destino. Se expresa a través de mecanismos legítimos: participación ciudadana, elecciones libres, deliberación pública y respeto por los derechos humanos. En este sentido, autodeterminarse no es aislarse del mundo, sino elegir cómo relacionarse con él.
En contraste, la autodeterminación de los dictadores suele construirse desde arriba. No representa una voluntad colectiva, sino la preservación del poder de una élite. Bajo este enfoque, el concepto se vacía de su contenido democrático y se transforma en una herramienta retórica para justificar la represión interna, la censura y la ausencia de libertades básicas. El pueblo no decide: obedece.
Uno de los problemas centrales de esta confusión es que ambos discursos utilizan el mismo lenguaje. Palabras como “soberanía”, “independencia” o “defensa nacional” pueden sonar legítimas, pero su significado cambia radicalmente según quién las pronuncie y en qué contexto. Cuando no existen elecciones libres, prensa independiente ni separación de poderes, hablar de autodeterminación es, en el mejor de los casos, una contradicción.
Además, los regímenes autoritarios suelen presentarse como víctimas de interferencias externas para reforzar su narrativa. Cualquier crítica internacional es etiquetada como una amenaza a la autodeterminación, cuando en realidad muchas veces apunta a violaciones sistemáticas de derechos humanos. Así, el concepto deja de proteger a las personas y pasa a blindar al poder.
Defender la autodeterminación de los pueblos implica, necesariamente, defender su capacidad real de decidir. No basta con invocar la nación o la identidad; se requiere garantizar condiciones mínimas de libertad, información y participación. Sin estas bases, la autodeterminación no es un derecho colectivo, sino una ficción política.
Distinguir entre ambos usos no es un ejercicio académico, sino una responsabilidad ética. Confundir la autodeterminación de los dictadores con la de los pueblos termina legitimando la opresión y silenciando a quienes, precisamente, deberían ser los verdaderos protagonistas de su propio destino.
En última instancia, la pregunta clave no es quién habla en nombre de la autodeterminación, sino quién puede decidir sin miedo. Allí se traza la línea que separa el poder impuesto de la voluntad popular. 1=4 querido o querida, piense y comprenda, no repita como loro y que me perdonen los loros, no haga lo que la masa dice
si usted piensa y comprende o tiene su propia idea, entonces no se debería ofender
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