El Latido Invisible
- Santiago Toledo Ordoñez

- 19 feb
- 2 Min. de lectura
Dicen que antes de que existiera el tiempo, ya existía un pulso. No era sonido, ni luz, ni materia. Era un latido suave y constante que sostenía todo lo que estaba por nacer. Ese latido era la energía femenina del mundo.
No tenía forma, pero tomaba todas las formas. Era la marea que abraza la orilla sin destruirla. Era la raíz que sostiene al árbol sin pedir reconocimiento. Era el silencio que escucha antes de responder.
Cuando las montañas se elevaron, ella estuvo allí, paciente, sosteniendo la tierra desde dentro. Cuando los océanos aprendieron a danzar con la luna, fue ella quien marcó el ritmo. Cuando el primer ser humano abrió los ojos, la energía femenina ya lo envolvía, enseñándole a sentir antes de hablar.
No era una energía débil ni frágil. Era firme como la tierra fértil y poderosa como una tormenta que limpia el aire. Su fuerza no gritaba; transformaba. No imponía; atraía. No competía; creaba.
Vivía en las manos que cuidan, pero también en las que construyen. En la voz que consuela y en la que defiende lo justo. En la intuición que susurra caminos nuevos cuando todo parece perdido.
A veces el mundo la olvidaba. La confundía con silencio. La llamaba suavidad como si fuera algo pequeño. Pero ella seguía ahí, sosteniendo el equilibrio invisible: recordándole al fuego que no queme demasiado, recordándole al viento que no arrase, recordándole al corazón humano que sentir es una forma de sabiduría.
La energía femenina no pertenece a un género. Vive en cada persona que crea en vez de destruir, que escucha en vez de imponer, que transforma el dolor en aprendizaje. Es la capacidad de gestar ideas, de sanar heridas, de unir lo que parecía separado.
Y cuando el mundo se sacude, cuando todo parece romperse, ella vuelve a latir más fuerte.
Porque el verdadero poder no siempre hace ruido.
A veces… simplemente sostiene el universo. 🌙
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