El Jueves Perpetuo
- Santiago Toledo Ordoñez

- 3 mar
- 4 Min. de lectura
Nadie sabe exactamente cuándo dejaron de existir los otros días.
Algunos dicen que fue gradual, como cuando el invierno se rinde sin que nadie lo celebre. Otros juran que fue de golpe: un miércoles que simplemente no terminó de convertirse en viernes, que se quedó atascado en ese punto medio, en ese día bisagra que huele a café recalentado y reuniones que pudieron ser un correo.
Lo cierto es que un día —un jueves, claro— el calendario amaneció con una sola palabra repetida hasta el infinito.
Jueves. Jueves. Jueves. Jueves.
Marcos se despertó a las siete y cuarto, como siempre.
Tenía esa clase de cara que solo tienen las personas que llevan demasiados jueves encima: ojos que ya calculan el tráfico antes de abrir las persianas, mandíbula apretada desde el sueño, el cuerpo entero en ese estado de casi viernes que nunca termina de resolverse.
Se duchó. Desayunó. Revisó el teléfono.
Jueves 14 de marzo.
Frunció el ceño. Ayer también era 14 de marzo.
Abrió el calendario. Scrolleó hacia atrás.
Jueves 14. Jueves 13. Jueves 12. Jueves 11.
Scrolleó hacia adelante.
Jueves 15. Jueves 16. Jueves 17.
Cerró el teléfono. Lo abrió de nuevo. Lo cerró otra vez.
—Bueno —dijo en voz alta, solo para escucharse—. Bueno.
En la oficina nadie parecía especialmente perturbado.
Su compañera Sofía estaba en su escritorio comiendo una ensalada con el entusiasmo de alguien que ya lleva cuarenta jueves comiendo la misma ensalada y ha hecho las paces con eso.
—¿Viste lo del calendario? —le preguntó Marcos al sentarse.
Sofía masticó despacio.
—Sí.
—¿Y?
—Es jueves —dijo ella, como si eso lo explicara todo.
Y en cierta forma lo explicaba.
La humanidad se adaptó con una velocidad que, en retrospectiva, resultó bastante deprimente.
Los lunes fueron los primeros en no ser llorados. Nadie extrañó ese peso específico del domingo por la noche, ese hundimiento lento del estómago mientras el fin de semana se evaporaba. Los martes tampoco generaron duelo. Ni los miércoles, que en el fondo siempre habían sido jueves disfrazados.
Los viernes fueron otra historia.
Hubo marchas. Pequeñas, pero hubo. Gente con carteles que decían DEVUÉLVANNOS EL VIERNES y EL FIN DE SEMANA ERA NUESTRO. Duraron poco. Era difícil mantener el impulso revolucionario en un día que siempre se sentía a medias, que nunca terminaba de arrancar ni de cerrar, que vivía en ese limbo tibio entre el esfuerzo y la recompensa.
Los sábados eran el verdadero dolor.
Marcos soñaba con los sábados.
Con esa textura particular de la mañana del sábado, cuando el tiempo todavía no tiene prisa, cuando el café sabe diferente porque nadie te espera en ningún lado, cuando el cuerpo se permite existir sin agenda. Soñaba con eso y despertaba.
Jueves. Siete y cuarto. Mandíbula apretada.
Con el tiempo —con los jueves, más bien— la gente empezó a construir sus propios fines de semana dentro del jueves.
Algunos declaraban el "jueves de viernes": se vestían con ropa más holgada, ponían música, compraban cerveza a las seis de la tarde aunque al día siguiente volviera a ser jueves y hubiera que madrugar.
Otros inventaron el "jueves de domingo": se quedaban en cama hasta tarde, leían, cocinaban algo lento, ignoraban el teléfono. Era un acto político, casi. Una resistencia suave.
Sofía fue más radical.
—Yo vivo en permanente jueves de sábado —anunció un día, o un jueves, en la cocina de la oficina.
—¿Eso qué significa? —preguntó Marcos.
—Que hago lo que quiero y aun así voy a trabajar. Como los adultos que nunca pudimos ser.
Marcos pensó en eso durante varios jueves seguidos.
Lo extraño no era la repetición.
Lo extraño era que cada jueves era levemente distinto del anterior, como si el universo se hubiera negado a hacer copy-paste exacto y en cambio fuera improvisando variaciones mínimas sobre el mismo tema.
Un jueves llovía. El siguiente hacía un calor blanco y quieto. Otro amaneció con niebla tan densa que la ciudad parecía una idea a medio terminar.
Los árboles seguían creciendo. Los niños seguían haciéndose grandes. Las personas seguían enamorándose y dejando de amarse y volviendo a intentarlo, todo dentro del jueves, todo en ese tiempo que no avanzaba hacia ningún nombre nuevo pero tampoco se detenía del todo.
El tiempo, descubrieron, no necesitaba el viernes para moverse.
Solo lo usaba de excusa.
Marcos se enamoró un jueves de noviembre.
O de marzo. Ya nadie llevaba bien la cuenta de los meses, que habían sobrevivido intactos aunque sin mucho sentido, como habitaciones de una casa cuya puerta principal desapareció.
Ella se llamaba Irene y trabajaba tres pisos más arriba y tenía la costumbre de subir al techo del edificio a comer a las dos de la tarde, sola, mirando la ciudad con una expresión que no era tristeza pero tampoco era alegría, sino algo más interesante que las dos.
—¿No te pesa? —le preguntó Marcos el día que se atrevió a subir también—. ¿Que siempre sea jueves?
Irene pensó un momento.
—Los jueves siempre fueron mi día favorito —dijo.
—¿Por qué?
—Porque el viernes ya se asomaba. Había esperanza sin que todavía hubiera llegado nada. —Hizo una pausa—. Ahora tengo eso para siempre.
Marcos miró la ciudad. La ciudad no lo miraba de vuelta, ocupada como estaba en ser una ciudad un jueves cualquiera.
—Eso es o muy hermoso o muy triste —dijo.
—Sí —dijo Irene—. Es jueves.
Nadie sabe si los otros días volverán.
Hay teorías. Siempre hay teorías. Algunos físicos hablan de un colapso de la estructura temporal en el punto exacto de la semana donde la fatiga humana alcanza su pico estadístico. Algunos filósofos dicen que el universo simplemente se cansó de inventar nombres nuevos para el mismo peso.
Marcos ya no busca explicaciones.
Cada mañana se despierta a las siete y cuarto. Se ducha. Desayuna. Sube al techo a las dos.
Irene ya está ahí, mirando la ciudad con esa expresión que no es tristeza.
El viernes nunca llega.
Pero se asoma, siempre, justo detrás del horizonte.
Y eso, han aprendido, es suficiente.
Fin.
(Era jueves.)
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