Claudia Sheinbaum y la soberanía en México: poder, ciencia y narrativa en un mundo interdependiente
- Santiago Toledo Ordoñez

- 10 ene
- 4 Min. de lectura
Hablar de soberanía en el siglo XXI ya no es hablar solo de fronteras, ejércitos o banderas. Es hablar de capacidad real de decisión en un mundo profundamente interdependiente, atravesado por cadenas globales de valor, presiones geopolíticas, crisis climáticas, dependencia tecnológica y asimetrías económicas que ningún país —por grande que sea— puede ignorar.
En ese contexto, la figura de Claudia Sheinbaum representa algo particular dentro de la historia política reciente de México: una combinación poco habitual entre formación científica, continuidad política y una narrativa de soberanía que busca actualizarse sin romper del todo con el orden global.
La soberanía como continuidad, no como ruptura
A diferencia de discursos soberanistas más confrontacionales que han marcado otras etapas de América Latina, el enfoque asociado a Sheinbaum no se presenta como una ruptura abrupta con el mundo, sino como una reafirmación del Estado mexicano dentro de las reglas del sistema internacional, intentando recuperar margen de acción sin aislarse.
Aquí la soberanía no se plantea como autarquía, sino como capacidad de negociar desde una posición menos subordinada, especialmente en áreas estratégicas como energía, infraestructura, ciencia y política social. Es una soberanía pragmática, más administrativa que épica, más técnica que retórica.
Energía: el corazón del discurso soberano
Uno de los ejes centrales del debate sobre soberanía en México sigue siendo la energía. En este punto, la narrativa que acompaña a Sheinbaum se alinea con una visión donde el Estado mantiene un rol protagónico en sectores considerados estratégicos, no solo por razones económicas, sino por seguridad nacional y estabilidad social.
La soberanía energética, en este marco, no se entiende únicamente como control de recursos, sino como capacidad de garantizar acceso, precios y continuidad en un mundo marcado por crisis energéticas, tensiones geopolíticas y transición ecológica.
El desafío aquí es evidente: sostener un discurso de soberanía estatal mientras se enfrenta la necesidad de inversión, innovación tecnológica y cumplimiento de compromisos ambientales internacionales.
Ciencia, técnica y poder político
Uno de los rasgos distintivos de Sheinbaum es su formación científica, lo que introduce una variable poco común en la política latinoamericana: la legitimidad técnica como parte del ejercicio del poder.
Esto influye en una concepción de soberanía menos emocional y más estructural, donde el conocimiento, los datos y la planificación de largo plazo se vuelven herramientas de autonomía. En este sentido, la soberanía no se defiende solo con discursos, sino con capacidad institucional, evidencia y diseño de políticas públicas sostenibles.
Sin embargo, la tecnocracia también enfrenta un riesgo: desconectarse del sentir social si no logra traducir complejidad en decisiones comprensibles y legítimas para la ciudadanía.
Soberanía social: el Estado como garante
Otro eje clave es la soberanía entendida como protección social. En un país con profundas desigualdades, la capacidad del Estado para garantizar derechos básicos —salud, educación, bienestar— se convierte en una dimensión central de la soberanía.
Desde esta perspectiva, un Estado debilitado o dependiente no solo pierde autonomía frente a actores externos, sino que también pierde legitimidad frente a su propia población. La soberanía, entonces, no es solo externa, sino interna: la capacidad de gobernar sin abandonar a grandes sectores de la sociedad.
México entre Estados Unidos y el mundo
Cualquier discusión sobre soberanía mexicana está inevitablemente atravesada por su relación con Estados Unidos. Aquí, la narrativa asociada a Sheinbaum apunta a un equilibrio delicado: cooperación sin subordinación explícita, integración económica sin renuncia total a la autonomía política.
La soberanía, en este contexto, no se ejerce rompiendo la relación, sino administrando la asimetría, algo que exige más estrategia que confrontación.
El límite estructural de la soberanía contemporánea
El punto crítico es este: ningún país hoy es plenamente soberano en el sentido clásico. La verdadera pregunta no es si México es soberano o no, sino en qué áreas puede ampliar su margen de decisión real y en cuáles debe aceptar interdependencia.
El proyecto político que encarna Sheinbaum parece apostar por una soberanía selectiva, concentrada en sectores estratégicos, mientras se acepta la integración global en otros ámbitos. No es una soberanía total, pero sí una soberanía negociada.
Conclusión: soberanía sin nostalgia
La soberanía que se discute hoy en México no es la de los manuales del siglo XX, ni la del nacionalismo romántico, ni la del aislamiento. Es una soberanía que intenta existir dentro de la complejidad, con límites claros y tensiones constantes.
Claudia Sheinbaum encarna esa transición: entre el discurso político tradicional y una visión más técnica del poder, entre la continuidad y la necesidad de adaptación, entre la afirmación del Estado y la realidad de un mundo donde el control absoluto ya no existe.
La pregunta final no es si este modelo alcanzará para proteger a México de las presiones externas, sino si logrará algo igual de importante: convertir la soberanía en bienestar concreto y no solo en una consigna.
¿Y si la ayuda el FBI?, en México se conoce el rol del narcotrafico en el país, un sistema de inteligencia tan avanzado como el de EEUU puede ser su mejor aliado en multiples escenarios
Asi no se transgreden los límites
en los conflictos internacionales previos se reconfiguraron los limites territoriales en diversos aspectos, cuidado con el equilibrio, pero tampoco es equilibrado el narcotrafico, el eliminarlo abruptamente o el mantenerlo
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