El Síndrome del Impostor: El Enemigo Silencioso del Talento en las Organizaciones Chilenas
- Santiago Toledo Ordoñez

- 20 sept 2025
- 2 Min. de lectura
En Chile, el desafío de atraer y retener talento va mucho más allá de ofrecer un buen sueldo o beneficios. Uno de los factores invisibles que limita el desempeño en equipos de alto nivel es el síndrome del impostor: esa sensación interna de no ser lo suficientemente capaz, aun cuando los logros y la evidencia dicen lo contrario.
¿Qué es el Síndrome del Impostor?
Definido por primera vez en 1978 por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes, este fenómeno se manifiesta cuando profesionales exitosos creen que sus resultados se deben más a la suerte o a las circunstancias que a su propio talento.
En el contexto chileno, lo vemos en distintos niveles:
Jóvenes que dudan al postular a cargos de mayor responsabilidad.
Líderes que se cuestionan si realmente merecen su rol.
Profesionales senior que sienten que “no están a la altura” de los cambios tecnológicos.
Impacto en las Organizaciones
Cuando el síndrome del impostor se instala en las empresas, sus efectos van más allá del plano individual:
Rotación y fuga de talento: profesionales valiosos dejan pasar oportunidades de crecimiento y buscan ambientes donde se sientan más seguros.
Baja productividad: la autoexigencia excesiva genera desgaste y frena la innovación.
Clima organizacional tenso: el miedo a equivocarse inhibe la colaboración y la confianza.
Desarrollo estancado: las personas no se atreven a asumir desafíos estratégicos.
Estrategias para Líderes y Áreas de RRHH
Combatir este síndrome requiere una gestión consciente del capital humano. Algunas acciones concretas para el entorno chileno son:
Reconocimiento auténtico: ir más allá de los bonos o felicitaciones generales, destacando aportes específicos de cada colaborador.
Mentoría y coaching interno: conectar a líderes experimentados con profesionales emergentes para reforzar la confianza en sus capacidades.
Cultura del aprendizaje: promover el error como parte del proceso y no como un fracaso.
Planes de desarrollo personalizados: mostrar que la organización cree en la trayectoria de cada persona.
Espacios de conversación abiertos: habilitar instancias donde hablar de inseguridades no sea visto como debilidad.
El síndrome del impostor no significa falta de talento, sino un desajuste entre la percepción interna y la realidad. En un mercado laboral tan competitivo como el chileno, ignorar este fenómeno puede costar fuga de talento clave, baja productividad y equipos desmotivados.
Como dice Margarita Pasos, “no eres un producto terminado”. Ningún profesional ni organización lo es. La clave está en avanzar, reconocer nuestras áreas de mejora y construir culturas laborales que acompañen ese crecimiento.
Hablar de este tema en RRHH no es un lujo: es una estrategia para que las empresas en Chile liberen el verdadero potencial de sus equipos y consoliden ventajas competitivas sostenibles.
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