El Susurro de la Savia: La Historia de Yareu
- Santiago Toledo Ordoñez

- 8 ago 2025
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En un bosque antiguo, donde los rayos del sol entraban como hilos dorados entre un mar de hojas, vivía un árbol llamado Yareu. No era un árbol cualquiera. Su tronco ancho estaba marcado por grietas que hablaban de siglos de viento, lluvia y nieve. Sus ramas parecían brazos extendidos al cielo, y sus raíces viajaban tan hondo que se decía que tocaban manantiales que jamás se secaban. El pueblo cercano lo respetaba. Los ancianos afirmaban que Yareu había visto nacer y morir generaciones enteras, y que, si uno sabía escuchar, podía oír un pulso que recorría su interior, como si en su corazón fluyera un río eterno.
Un verano caluroso, un niño llamado Lautaro se internó en el bosque. No buscaba frutos ni leña; buscaba un lugar donde el mundo se sintiera quieto. Después de caminar un buen trecho, llegó hasta Yareu. No sabía por qué, pero sintió que debía quedarse. Se recostó junto a su tronco y apoyó la mejilla sobre la corteza rugosa. Allí percibió un murmullo suave, como el correr del agua en un arroyo lejano.
—Has llegado, viajero joven —dijo una voz profunda.
Lautaro se incorporó y miró a su alrededor, pero no vio a nadie.—¿Quién eres? —preguntó.
—Soy la savia que recorre este árbol —respondió la voz—. Viajo desde las raíces hasta las hojas, llevando el agua y la fuerza de la tierra hacia lo alto, y trayendo de regreso la energía que el sol regala a las hojas.
La savia le habló de su labor. Le contó cómo cada amanecer ascendía por el tronco cargando minerales recogidos del suelo, y cómo cada hoja le entregaba el dulce alimento que producía con la luz. Después, descendía para nutrir la madera, las flores y las semillas.
—Es un viaje que nunca termina —dijo—. Subo y bajo todos los días, uniendo lo que está bajo la tierra con lo que está en el cielo.
Lautaro escuchó con atención.—¿Y nunca te cansas?
—No —respondió la savia—, porque todo lo que transporto da vida. Cada gota que muevo es una promesa de crecimiento.
La savia hizo una pausa y su tono se volvió más serio.—Ustedes, los humanos, también tienen algo que los recorre y los mantiene vivos. No es agua ni azúcar, pero es igual de importante: son sus sueños, su alegría, sus ganas de crear y de cuidar. Cuando eso deja de fluir, el corazón se reseca, igual que un árbol que no recibe agua.
Lautaro reflexionó.—¿Y cómo puedo mantener eso en movimiento?
—Aliméntalo con lo que te hace bien —dijo la savia—. Las personas que te quieren, las experiencias que te enseñan, la gratitud por cada día que tienes. Igual que yo tomo fuerza de la tierra y del sol, tú debes tomarla de lo que nutre tu espíritu y de lo que te conecta con lo más alto.
Antes de que Lautaro se marchara, la savia le pidió que apoyara su mano sobre el tronco. Cuando lo hizo, sintió un calor suave que le recorrió el brazo y llegó a su pecho, quedándose allí como un fuego tranquilo.
—Guarda esta sensación —dijo la savia—. Cuando el miedo o la tristeza quieran detenerte, recuerda que hay algo en ti que siempre se mueve y te mantiene en pie.
Lautaro regresó al pueblo con una fuerza que no sabía que tenía. Con el tiempo creció, trabajó, formó una familia y envejeció, pero nunca olvidó aquella voz. Cada vez que la vida lo ponía a prueba, cerraba los ojos y volvía a escuchar el murmullo del árbol.
Muchos años después, una gran sequía golpeó al pueblo. Los ríos se secaron y la tierra se agrietó. Los cultivos comenzaron a morir. Lautaro, ya anciano, recordó la enseñanza de su infancia y decidió regresar a Yareu.
Al llegar, apoyó la mano sobre su tronco.—He vuelto, viejo amigo.
La savia lo reconoció al instante.—Te estaba esperando. La vida sigue moviéndose, incluso cuando la tierra parece dormir. Llévate mi fuerza y compártela con los tuyos.
A partir de ese día, Lautaro encontró agua en lugares donde nadie había buscado. Enseñó a su gente a plantar nuevos árboles, a cuidar los que ya existían y a no olvidar que la fuerza más grande no siempre se ve, pero siempre se siente en lo que crece.
Con los años, los niños del pueblo aprendieron la historia de Yareu y Lautaro. No era solo un cuento: era una guía para vivir. Aprendieron que, igual que la savia, uno debe mantenerse en movimiento, nutriendo y siendo nutrido, para que la vida siga su curso.
Y así, el murmullo de Yareu se convirtió en parte del bosque, llevando su enseñanza a todos los que se detenían lo suficiente para escuchar.

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