La ley natural: aquello que no depende de nosotros
- Santiago Toledo Ordoñez

- hace 2 días
- 6 min de lectura
Vivimos en un mundo en el que muchas cosas cambian.
Cambian las leyes, las costumbres, las instituciones, las ideas y las formas en que las sociedades entienden la vida.
Pero existe una pregunta mucho más antigua:
¿Hay cosas que son buenas o malas independientemente de lo que nosotros decidamos?
¿Puede una sociedad convertir algo injusto en justo simplemente aprobando una ley?
¿Puede una mayoría decidir que una persona deja de tener dignidad?
¿Puede el poder determinar por sí solo qué es verdadero y qué es falso?
La tradición de la ley natural surge, en gran medida, alrededor de estas preguntas.
Su propuesta fundamental es tan sencilla como profunda:
existe un orden moral que no depende completamente de la voluntad humana.
Antes de nuestras leyes
Mucho antes de que existieran los Estados modernos, los códigos civiles y las constituciones, ya existían seres humanos.
Seres capaces de amar, sufrir, cooperar, mentir, cuidar, destruir, construir comunidades y preguntarse por el sentido de su existencia.
La ley natural parte de una idea: nuestra capacidad para distinguir entre el bien y el mal no depende exclusivamente de que una autoridad nos entregue una lista de reglas.
La razón puede reconocer ciertos bienes fundamentales.
Y si puede reconocerlos, entonces nuestras leyes deberían orientarse hacia ellos.
Por eso la ley natural establece una diferencia esencial entre lo que una autoridad manda y lo que realmente es justo.
La ley no crea necesariamente la justicia
Imaginemos una sociedad en la que una determinada práctica injusta fuera legal.
El hecho de que esté escrita en un código no cambiaría necesariamente su naturaleza moral.
Podríamos decir:
“Es legal.”
Pero todavía quedaría pendiente una pregunta:
“¿Es justo?”
Esta diferencia parece evidente cuando observamos determinados episodios de la historia.
Existieron sociedades que legalizaron la esclavitud.
Existieron sistemas que negaron derechos fundamentales a determinados grupos.
Existieron gobiernos que utilizaron la ley para legitimar abusos.
Si aceptáramos que todo lo legal es automáticamente justo, no tendríamos una base desde la cual criticar esas leyes.
La ley natural ofrece precisamente esa posibilidad:
evaluar la ley humana desde un criterio moral que no depende exclusivamente de quien posee el poder.
Aristóteles y el orden de la realidad
La idea tiene raíces antiguas.
Aristóteles reflexionó sobre la diferencia entre aquello que es justo por naturaleza y aquello que depende de convenciones humanas.
No todas las reglas de una sociedad son universales.
Algunas existen porque hemos decidido organizarnos de determinada manera.
Pero eso no significa que toda cuestión moral sea simplemente una cuestión de acuerdo.
La pregunta permanece:
¿existe una justicia que no dependa de nuestras convenciones?
La tradición de la ley natural responderá afirmativamente.
Los estoicos y vivir de acuerdo con la naturaleza
Los estoicos desarrollaron otra dimensión de esta idea.
Consideraban que el universo poseía un orden racional y que la vida humana podía desarrollarse mejor cuando aprendíamos a vivir de acuerdo con ese orden.
Esto implicaba reconocer una diferencia fundamental:
hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no.
Podemos elegir nuestras acciones.
No podemos controlar completamente el resultado de esas acciones.
Podemos decidir cómo tratamos a otra persona.
No podemos obligarla a responder de determinada manera.
Podemos prepararnos para el futuro.
No podemos garantizar que el futuro ocurra como queremos.
Esta comprensión no elimina la libertad.
La hace más consciente.
Tomás de Aquino y la razón
Siglos después, Tomás de Aquino desarrolló una de las formulaciones más influyentes de la ley natural.
Para él, la persona humana puede participar racionalmente de un orden moral más amplio.
La razón permite reconocer determinados bienes y orientar nuestras acciones hacia ellos.
De ahí surge uno de sus principios fundamentales:
hacer el bien y evitar el mal.
A partir de este principio se pueden desarrollar otros relacionados con la conservación de la vida, la búsqueda de la verdad, la convivencia social, la familia, la educación y el desarrollo humano.
La cuestión no consiste simplemente en obedecer reglas.
Consiste en comprender por qué determinados comportamientos favorecen o perjudican el bien humano.
¿Qué significa “natural”?
Esta palabra puede generar confusión.
Ley natural no significa:
“Todo lo que ocurre en la naturaleza es bueno.”
La naturaleza también contiene enfermedad, violencia, destrucción y muerte.
En este contexto, “natural” se refiere principalmente a aquello que corresponde a la naturaleza propia del ser humano, entendida desde una perspectiva racional y moral.
Por ejemplo, los seres humanos somos seres sociales.
Necesitamos vínculos.
Necesitamos cooperación.
Necesitamos cierta confianza para construir comunidades.
Necesitamos buscar la verdad para orientarnos en la realidad.
La ley natural intenta preguntarse qué principios se desprenden de esas características fundamentales de nuestra existencia.
La libertad y sus límites
Aquí aparece una de las partes más interesantes.
Si existe una ley natural, ¿significa que no somos libres?
No.
La tradición sostiene precisamente lo contrario.
Somos libres porque podemos deliberar, elegir y orientar nuestras acciones.
Pero la libertad no significa que todas las elecciones tengan el mismo valor.
Puedo elegir decir la verdad o mentir.
Puedo elegir cuidar a alguien o dañarlo.
Puedo elegir construir una relación o destruirla.
El hecho de que pueda hacer cualquiera de esas cosas no significa que todas sean igualmente buenas.
Por eso existe una diferencia entre libertad y arbitrariedad.
La libertad pregunta:
¿Qué debo elegir?
La arbitrariedad pregunta:
¿Qué quiero hacer ahora?
Confundir ambas puede tener consecuencias importantes.
¿Y si mis deseos contradicen mi propio bien?
Esta es una de las preguntas más difíciles.
No todo lo que deseamos nos hace bien.
Podemos desear algo que sabemos que nos perjudica.
Podemos sentir placer en algo que destruye una relación.
Podemos querer venganza aunque sepamos que prolongará nuestro sufrimiento.
Podemos buscar poder y terminar convirtiéndonos en esclavos de él.
La ley natural introduce una idea incómoda:
nuestros deseos no son necesariamente una autoridad moral.
Sentir algo no convierte automáticamente ese sentimiento en una razón para actuar.
Querer algo no demuestra que ese algo sea bueno.
La razón tiene la tarea de examinar nuestros deseos.
Una sociedad también puede equivocarse
No solamente los individuos pueden equivocarse.
También pueden hacerlo las sociedades.
Una mayoría puede estar equivocada.
Una institución puede estar equivocada.
Un gobierno puede estar equivocado.
Una tradición puede estar equivocada.
Y por eso resulta tan importante distinguir entre consenso y verdad.
Que muchas personas crean algo no demuestra necesariamente que sea verdadero.
Que una sociedad apruebe algo no demuestra necesariamente que sea justo.
La ley natural ofrece un fundamento para cuestionar incluso aquello que ha sido aceptado ampliamente.
La dignidad humana
Una de las consecuencias más importantes de esta tradición es la idea de que la persona posee un valor que no depende completamente de su utilidad.
No somos valiosos solamente porque producimos.
No somos valiosos porque tengamos dinero.
No somos valiosos porque seamos populares.
No somos valiosos porque una institución nos reconozca.
La persona posee una dignidad que precede a esas condiciones.
Desde esta perspectiva, el poder político no crea la dignidad humana.
Su función debería ser reconocerla y protegerla.
La ley natural no elimina el debate
Esto también es importante.
Aceptar la posibilidad de una ley natural no significa que todas las personas vayan a llegar automáticamente a las mismas conclusiones.
Podemos equivocarnos.
Podemos interpretar mal.
Podemos estar condicionados por nuestra cultura.
Podemos confundir nuestros intereses personales con principios universales.
Por eso la búsqueda del bien requiere humildad.
La ley natural no debería convertirse en una excusa para decir:
“Yo sé lo que es bueno y todos los demás están equivocados.”
Más bien debería obligarnos a realizar el trabajo contrario:
examinar racionalmente por qué creemos que algo es bueno.
¿Existe algo por encima del poder?
Quizá esta sea la pregunta política más profunda que plantea la ley natural.
Si el poder determina completamente lo que es justo, entonces quien posee suficiente poder puede definir la justicia según sus intereses.
Pero si existe una realidad moral que precede al poder, entonces incluso quien gobierna está sometido a ella.
El gobernante puede tener autoridad.
Pero no es dueño de la verdad.
Puede crear leyes.
Pero no puede convertir automáticamente una injusticia en justicia.
Puede ejercer poder.
Pero el poder no determina por sí mismo el bien.
Esta idea constituye una de las grandes limitaciones filosóficas al poder absoluto.
Una pregunta para nuestra época
Quizás hoy la ley natural siga siendo relevante precisamente porque vivimos rodeados de opiniones.
Tenemos más información que nunca.
Más voces.
Más posibilidades.
Más libertad para expresar lo que pensamos.
Pero eso también plantea un problema:
¿cómo distinguimos entre lo que queremos y lo que realmente es bueno?
No todo deseo es un derecho.
No toda opinión es una verdad.
No toda elección es igualmente buena.
No toda ley es necesariamente justa.
Y no todo aquello que podemos hacer deberíamos hacerlo.
La ley natural nos obliga a volver a una pregunta que ninguna tecnología puede responder por nosotros:
¿Cómo deberíamos vivir?
La pregunta que queda
Quizá la mayor aportación de la ley natural no sea entregarnos una lista definitiva de respuestas.
Quizá sea recordarnos que existe una pregunta anterior a todas nuestras decisiones:
¿qué es el bien?
Porque si el bien depende exclusivamente de lo que cada persona quiera, entonces resulta difícil establecer un criterio para distinguir entre libertad y abuso, entre justicia e injusticia, entre dignidad y utilidad.
Pero si existe un orden moral que podemos descubrir mediante la razón, entonces nuestra tarea no consiste simplemente en inventar nuestros valores.
Consiste también en descubrirlos.
Y esa diferencia cambia profundamente la manera de entender la libertad.
Tal vez ser verdaderamente libre no sea vivir sin ninguna ley.
Tal vez sea algo mucho más exigente:
aprender a gobernarnos a nosotros mismos de acuerdo con aquello que reconocemos como verdadero y bueno.
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